La Confederación General del Trabajo convocó a una movilización «en defensa de la industria nacional» para el 8 de octubre frente a la Secretaría de Industria. La asistencia fue de unas tres decenas de personas. Con bombos y carteles, como siempre. Sin trabajadores reales, como cada vez más seguido. La gente ya no quiere volver al pasado.
La CGT tiene un problema. Y cada vez que convoca a una marcha, ese problema se hace más visible.
El 8 de octubre, la central obrera organizó una movilización frente a la Secretaría de Industria de la Nación, en Buenos Aires. El motivo declarado: «la defensa de la industria nacional». La convocatoria había sido resuelta el 30 de septiembre en una reunión en la sede de la UOCRA, con la participación de unos treinta dirigentes sindicales que decidieron hacer la marcha y postergar —una vez más— la posibilidad de convocar a un paro general.
El resultado fue exactamente lo que viene pasando en cada concentración de la oposición sindical desde que Milei asumió: casi nadie.
Según registros y publicaciones de medios que cubrieron el acto, la convocatoria reunió alrededor de 30 militantes sindicales —pagos, con los infaltables bombos y carteles— frente al edificio de la calle Diagonal Sur. No fue una marcha. Fue una foto. Y ni siquiera una foto que transmita poder.
El modelo que pretenden defender
La CGT fue a defender «la industria nacional». Vale la pena preguntarse de qué industria hablan.
¿De la textil que durante veinte años de proteccionismo produjo ropa un 40% más cara que en el resto de la región, con el 65% del empleo en negro, mientras los dirigentes sindicales cobraban cuotas de sindicalización de los mismos trabajadores informales que el modelo dejaba afuera del sistema? ¿De la que De Mendiguren decía que era «competitiva en el mundo» sin poder explicar por qué un jean argentino costaba el doble que uno uruguayo?
La «industria nacional» que la CGT defiende es la misma que se sostuvo durante décadas con aranceles altos, importaciones bloqueadas y costos laborales que el propio sector trasladaba al precio final de los productos. Un sistema que beneficiaba a las cúpulas empresariales y sindicales del sector, y que los consumidores argentinos pagaban cada vez que compraban una remera.
Mientras la CGT marchaba con 30 personas, esta semana el resto del país seguía procesando noticias muy diferentes. Toyota confirmó una inversión de USD 1.341 millones bajo el RIGI para la nueva Hilux en Zárate. AySA cerró su fase técnica de privatización con dos consorcios internacionales comprometidos a invertir USD 2.000 millones en los primeros cinco años. Las exportaciones agroindustriales a la Unión Europea crecieron 21% desde que el acuerdo Mercosur-UE entró en vigencia. Santa Fe Bio arrancó con USD 400 millones para producir el combustible de aviación más demandado del mundo. noticiasnqn
Eso es lo que pasa cuando las reglas permiten que el capital se mueva, que la inversión llegue y que el mercado funcione sin la intermediación de una cúpula que cobra por dejar trabajar.
El patrón que se repite
No es la primera vez. La marcha de la CGT de abril «no movió el amperímetro del Gobierno». Los funcionarios en Casa Rosada reconocieron que «ni registraron que había una convocatoria hasta después del mediodía, por los cortes de tránsito». perfil
El patrón es siempre el mismo: la conducción de la CGT convoca, llega menos gente de la prometida, los líderes declaran «contundencia» ante los micrófonos, y el Gobierno sigue con su agenda. El ciclo se repite con una diferencia cada vez más notoria: la gente que debería marchar no va.
No es apatía. Es elección. La misma gente que la CGT dice representar está procesando que la inflación bajó del 25% mensual a menos del 3%, que el empleo privado crece, que el poder adquisitivo se recupera lentamente pero de manera sostenida. Y que el modelo que la central sindical defiende —proteccionismo, cepo, intervención estatal, caja sindical— fue exactamente lo que produjo cuarenta años de decadencia.
«La gente ya no quiere volver al pasado de decadencia», resumió @contrarelatoarg. Treinta personas con bombos pagos no contradicen esa frase. La confirman.





Deja una respuesta