El 6 de octubre el Monumental vivió la despedida del mejor jugador de la historia argentina. Antes de que los drones formaran las imágenes del tributo, apareció en el cielo el logo de Sancor Seguros. Los 84.000 presentes respondieron con silbidos. La noche de Messi empezó con el sonido de la casta haciendo lo que siempre hace: cobrar por lo que no le pertenece.
Hacía falta que Argentina perdiera la final del Mundial 2026 ante España, que Messi anunciara su retiro el 31 de agosto, que su padre Jorge Messi falleciera semanas antes y que la AFA organizara una despedida para que todo el país tuviera una última noche en el Monumental con el 10. El resultado tenía que estar a la altura de lo que ese hombre le dio a la Argentina durante 21 años.
Estuvo a punto de estarlo. Pero la AFA es la AFA.
Antes de que los drones comenzaran a formar las imágenes del tributo que los hinchas esperaban — las copas, los goles, los momentos que ya pertenecen a la historia del fútbol mundial — en el cielo nocturno del Monumental apareció, perfectamente formado con cientos de drones, el logo de Sancor Seguros.
Los 84.000 hinchas presentes respondieron con la única herramienta que tienen cuando la institución los defrauda: el silbido. Unánime. Masivo. Imposible de ignorar.
La respuesta en redes sociales fue todavía más contundente. «Chiqui Tapia botón» se convirtió rápidamente en tendencia. El presidente de la AFA, el mismo que había organizado la despedida, el mismo que había convocado personalmente a Messi para que tuviera «la despedida que se merece», era ahora el blanco de la indignación de los propios hinchas que habían colmado el estadio para despedir a su capitán.
El patrón de siempre
La AFA es una institución que lleva décadas capturando el fútbol argentino para su propio beneficio. Cobró derechos de transmisión, negoció sponsors, administró los recursos de la Selección y organizó torneos con una lógica que pocas veces tuvo que ver con el deporte y casi siempre con los ingresos. El esquema de Claudio «Chiqui» Tapia es el de un dirigente que sabe que controla un monopolio emocional: los argentinos no pueden dejar de querer a su Selección, así que la institución puede hacer lo que quiera con ese afecto.
Convertir el espacio de un show de drones de homenaje en un soporte publicitario pago es, en ese contexto, una decisión técnica más que un error. Alguien cobró por ese espacio. Alguien lo negoció. Alguien decidió que el cielo del Monumental en la noche de la despedida de Messi era un metro cuadrado vendible.
Y el hincha lo captó de inmediato, aunque no siempre pueda nombrarlo con exactitud: esto es lo que pasa cuando una institución trata a su comunidad como audiencia y no como parte.
Lo que sí fue la noche
Pasado ese mal comienzo, el espectáculo continuó. Los drones formaron las imágenes que los presentes esperaban. El homenaje tuvo su momento. Messi habló y dijo lo que siente cada vez que vistió la camiseta albiceleste: «No venir más será un dolor muy grande, les juro que me gustaría venir toda la vida porque jugar en la Selección Argentina es lo más lindo que te puede pasar». Hubo pasillo. Hubo lágrimas. Hubo 84.000 personas diciéndole gracias a alguien que se lo ganó en cada entrenamiento, en cada final, en cada vuelta al mundo.
También hubo una advertencia que Messi dejó caer, casi al pasar: «Hay que estar unidos porque hay gente que quiere ver mal a la Selección». El mismo Messi que fue boicoteado por sectores kirchneristas durante años, que fue señalado por no cantar el himno, que fue atacado por ganar la Copa América en Brasil — ese mismo recordó que la grieta intentó alcanzar también a la Selección.
No pudo. Pero la casta del fútbol sí alcanzó la despedida. Con un logo de seguros en los drones.
Gracias eternas, capitán. Lo de la AFA no era culpa tuya.





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