En una reunión de la Comisión de Defensa Nacional, el diputado Juan Grabois insultó a la legisladora libertaria Juliana Santillán, trató de «facho de mierda» al presidente del cuerpo Carlos Zapata, y llamó al oficialismo «pandilla de lamebotas de Trump y Netanyahu». Lo grabaron. No se arrepiente de nada.
Juan Grabois tiene un relato construido durante años: el defensor de los que no tienen voz, el que baja al barro, el que dice lo que los políticos de traje no se animan a decir. Esta semana, en una reunión de la Comisión de Defensa Nacional de la Cámara de Diputados, ese relato quedó grabado en audio para que todo el país lo escuche.
La secuencia fue la siguiente.
Grabois estaba en uso de la palabra. Desde el sector oficialista, la diputada Juliana Santillán —legisladora por La Libertad Avanza, elegida personalmente por Javier Milei para representar a Buenos Aires en el Congreso— realizó una observación sobre el uso del micrófono. La respuesta de Grabois no fue un argumento. Fue un insulto: «tontita».
No hubo duda sobre a quién se dirigía. No hubo ironía ni contexto que justificara la expresión. Grabois llamó tonta a una colega legisladora frente a todos los presentes en la sala.
El presidente de la comisión, el diputado Carlos Zapata, intervino para pedirle que moderara el lenguaje. Grabois no moderó nada. Le apagaron el micrófono. Grabois exigió que se lo encendieran. Zapata insistió en que eso no ocurriría hasta que retirara el insulto. La respuesta de Grabois fue la que define con precisión su concepción del debate institucional: «Facho de mierda».
Ante la escalada, Zapata advirtió que en esas condiciones la reunión no podía continuar. Grabois le respondió que sí iba a poder continuar. El intercambio circular siguió hasta que la tensión tomó estado público.
Lo que no tomó estado público fue ninguna disculpa. Porque no hubo ninguna. Cuando se le pidió que se retractara, Grabois lo dijo con la claridad que suele reservar para sus discursos en los barrios populares: «No voy a pedir disculpas. No voy a pedir disculpas. No voy a pedir disculpas.»
Tres veces. Sin titubeos.
Como remate, Grabois definió al bloque oficialista con una frase que sintetiza su visión de la política exterior argentina: «una pandilla de lamebotas de Trump y Netanyahu». En la doctrina Grabois, alinearse con los Estados Unidos e Israel —los socios estratégicos que Milei eligió para el país— es una ofensa que merece ese calificativo.
El perfil del diputado no sorprende a quien sigue su trayectoria. Es el mismo que llamó «bobeta títere» y «lamebotas» al entonces ministro de Defensa Luis Petri. El mismo que en una mediación judicial le gritó a una funcionaria «chau teta, Kuka ladrona». El mismo que desafió a un diputado libertario con un «nos encontramos en la calle». El mismo que llama «cucaracha» a sus colegas en el recinto.
El patrón es siempre el mismo: el insulto como argumento, el escándalo como estrategia, la negativa a dar explicaciones como pose de rebeldía. Y detrás de todo eso, el mismo hombre que se presenta como la voz de los que no tienen voz —mientras llama «tontita» a una mujer en el Congreso de la Nación.
La diferencia entre el relato de Grabois y su conducta real quedó grabada esta semana. No hace falta editarla.





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